El mundo entero se estremeció ante la noticia que durante años muchos esperaron escuchar: la posibilidad real de que Nicolás Maduro enfrente finalmente a la justicia. Más allá de titulares, rumores o interpretaciones, lo que quedó claro fue una cosa: la idea de su caída dejó de parecer imposible. Y eso, por sí solo, lo cambia todo.
In Doralen la ciudad del exilio venezolano, la reacción fue inmediata. Calles llenas, banderas, abrazos, lágrimas. No era una celebración frívola; era el desahogo de un pueblo que lleva años acumulando dolor, rabia y esperanza contenida. Porque cuando un régimen comienza a tambalearse, los pueblos lo sienten antes que los comunicados oficiales. Incluso yo he presenciado a los venezolanos emocionados hasta las lagrimas. Simplemente emocionante.
Desde hace tiempo, en múltiples países y foros internacionales, se ha venido consolidando un consenso duro y claro: no se trata de xenofobia ni de oportunismo político, sino de exigir responsabilidad por abusos sistemáticos de poder y graves violaciones de derechos humanos documentadas durante años bajo el régimen de Maduro. El reclamo no nace del odio, sino de la memoria.
No pasó mucho tiempo antes de que, desde Cubael discurso oficial reaccionara. Un mensaje torpe, una tribuna casi vacía, un tono forzado. El nerviosismo era evidente. Y es que cuando un régimen aliado se tambalea, los cómplices no reflexionan: gritan. Gritan más fuerte que las víctimas, porque saben que el ejemplo es contagioso.
Una eventual caída del régimen de Maduro no sería un hecho aislado; sería un terremoto político regional.El primer impacto sería psicológico. Los regímenes sostenidos más por miedo que por legitimidad entenderían algo elemental: el poder no es eterno y la impunidad no es infinita. Ese golpe simbólico vale más que cualquier sanción económica.
Vendría después un reacomodo geopolítico en América Latina. Gobiernos, partidos y alianzas tendrían que redefinir discursos, posturas y lealtades. Se rompería la narrativa de que los autoritarismos “resisten” indefinidamente y se abriría espacio a transiciones menos ideológicas y más pragmáticas.
En Cuba, el efecto sería inmediato y silencioso: miedo interno.No a una invasión, sino al ejemplo. Las dictaduras no temen a los ejércitos; temen a la idea de que otro pueblo logró lo que parecía imposible. Cada caída ajena debilita la ficción de control absoluto que esos regímenes se repiten a sí mismos. Y, quizá lo más importante, surgiría una esperanza contagiosa entre los pueblos oprimidos: no una esperanza ingenua, sino concreta, la certeza de que los regímenes caen, de que la historia no está cerrada y de que la libertad, aunque tarde, siempre encuentra grietas por donde entrar.
Como cubano, puedo decirlo con claridad: muchos celebran en silencio, desde sus casas, con prudencia aprendida a golpes. Porque existe la esperanza real de que una dictadura con más de 67 años también pueda caer. Y sí, soy de los que cree que les queda poco..
En medio de todo esto, han aparecido protestas y voces criticando cualquier acción de United States y defendiendo a Maduro como un supuesto presidente “legítimo”. ¿Quiénes son? Los mismos de siempre: los ignorantes ideológicos, los intelectuales cómodos que opinan desde países libres, con electricidad constante, supermercados llenos y derecho garantizado a decir estupideces sin consecuencias.
Son los que jamás hicieron una cola para comer.
Los que nunca cambiaron dignidad por arroz.
Los que nunca vieron a su madre llorar porque un hijo se fue y no volvió.
Desde universidades, cafés literarios y cuentas verificadas, defienden dictaduras que jamás soportarían vivir. Hablan de “imperialismo” desde democracias. De “resistencia” desde sillones. De “soberanía” mientras cobran en dólares o euros. Nunca fueron despertados a las cinco de la mañana por una citación policial. Nunca sintieron el miedo real de decir lo que piensan. Nunca vieron a un familiar ir preso por expresarse. Nunca enterraron a alguien que murió defendiendo derechos básicos.
No tienen hambre histórica.
No tienen muertos en la memoria.
Por eso relativizan la represión. Por eso justifican lo injustificable. Para ellos, la dictadura es un concepto. Para nosotros, fue —y es— una experiencia. Ellos leen informes. Nosotros vivimos funerales. Para ellos, el exilio es literatura. Para nosotros, fue una maleta mal cerrada.
Quien nunca vivió bajo una dictadura no tiene autoridad moral para defenderla ..
Quien nunca perdió nada, no puede explicar el sacrificio ajeno.
Y quien relativiza el dolor de pueblos enteros no es progresista: es ignorante o moralmente indiferente.
La historia no recordará a estos intelectuales cómodos como pensadores valientes, sino como cómplices elegantes del abuso.Y cuando los dictadores caen —porque siempre caen—, son los primeros en decir que “nunca estuvieron de acuerdo del todo”.
El mundo libre quiere ver a Maduro ante la justicia no por placer ni venganza, sino por rendición de cuentas:por violaciones a los derechos humanos, corrupción extrema y destrucción del Estado de derecho. Porque incluso el poder absoluto debe responder por el sufrimiento que causa.
La libertad no es perfecta. Es caótica, incómoda, exige responsabilidad y coraje. Pero permite elegir, corregir, disentir y volver a empezar. La dictadura, en cambio, nunca lo será: nace del miedo, se sostiene en la mentira y sobrevive aplastando al que piensa distinto.
Por eso admiro la libertad, no como consigna, sino como principio. Porque incluso herida, sigue siendo humana; incluso frágil, sigue siendo digna. Y cuando un dictador tiembla, no es solo su poder el que se resquebraja:los pueblos aprenden a caminar, recordando que ningún régimen es eterno y que la historia, tarde o temprano, vuelve a ponerse del lado de quienes no renuncian a ser libres.
