Divagando de Noche

Son las 2:04 a. m. y todavía estoy en la oficina, delante de la computadora. Llevo meses acostándome temporano, pero hoy rompí con eso. Sé que necesito dormir, pero mi cabeza no deja de trabajar. De hecho, tenía tantas ganas de seguir haciendo cosas que salí del trabajo a las ocho y regresé a las diez. Si... ya sé que soy raro. Mientras termino algunos asuntos que tenía pendientes, mi mente no deja de divagar.

En fin… me iré a casa y continuaré escribiendo…

(…)

Ya estoy en casa.

Este no es un artículo como cualquier otro. Y les prometo que no estoy ebrio ni he consumido ninguna sustancia. Simplemente me estoy dejando llevar por mis pensamientos.

Quizás lo publique, porque hace algún tiempo me prometí compartir lo que siento. Esta noche he pensado en esa idea de la vida perfecta que perseguimos. En cómo creemos que, cuando consigamos cierto trabajo, cierto dinero o cierta posición, finalmente seremos felices.

Y, sin embargo, muchas veces alcanzamos cosas que deseábamos y seguimos sintiendo que nos falta algo. También he pensado en el trabajo. En cómo podemos pasar años cumpliendo horarios, esperando que llegue el viernes, las vacaciones o el día libre. A veces siento que corremos como ratas dentro de una rueda, nos mantenemos ocupados, cansados, y no siempre nos detenemos a pensar hacia dónde vamos.

Como dato curioso sabías que ya en Estados Unidos por la década de 1930 se usaba la expresión rat race. El psicoanalista Erich Fromm reflexionó sobre una idea relacionada: el riesgo de dedicar la vida a tener más —dinero, posesiones o posición— y descuidar la experiencia de ser: amar, compartir y participar en actividades con sentido. Me encanto su libro; To Have or To Be?

Tambien los spicologos Philip Brickman y Donald Campbell, quienes propusieron en 1971 la idea de la «cinta hedónica». Describe cómo las personas pueden acostumbrarse a mejoras en su vida, de modo que la satisfacción inicial de un logro disminuye con el tiempo. Es una idea relacionada con perseguir siempre la próxima meta, aunque no significa que todos regresemos inevitablemente al mismo nivel de felicidad.

No digo que trabajar sea malo. A mí me gusta trabajar. Me gusta tener proyectos, imaginar posibilidades y esforzarme por algo. Pero me pregunto en qué momento el trabajo deja de ser una parte de nuestra vida y comienza a convertirse en toda ella.

¿Qué sucede con nuestra familia mientras estamos ocupados? ¿Con los amigos a los que les decimos «tenemos que vernos» y después dejamos pasar los meses? ¿Con esas personas que extrañamos, pero a las que no buscamos por orgullo, por miedo o porque pensamos que siempre habrá tiempo?

A veces extrañar a alguien no significa que debamos volver a su vida. Hay relaciones que terminaron por una razón y distancias que es mejor respetar. A veces trabajamos para tapar ese vacío. Pero también hay personas a las que sí podríamos llamar, abrazar o simplemente preguntarles cómo están. Personas que siguen ahí, aunque actuemos como si fueran a estarlo para siempre. Y lo cierto es que no sabemos cuánto tiempo tenemos con ellas. Tampoco sabemos cuánto tiempo tenemos nosotros.

Pensar en eso me hace preguntarme si estoy disfrutando mi vida o si estoy demasiado concentrado en construir la que quiero para el futuro. Porque tengo sueños, muchos, y quiero trabajar por ellos. Pero no quiero llegar algún día a cumplirlos y descubrir que, mientras tanto, dejé pasar mi vida. Quiero aprender a disfrutar lo que tengo ahora: una conversación, una comida con alguien que quiero, una tarde tranquila o incluso un momento como este, sentado en casa, escribiendo lo que pasa por mi cabeza a las dos de la mañana.

No tengo una conclusión perfecta. Supongo que tampoco necesito tenerla.

Quizás solo necesitaba recordarme que está bien tener ambición, pero también está bien detenerse, mirar alrededor y vivir un poco antes de que la vida se nos apague.

En fin… ahora sí me iré a dormir.

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