¿Una junta directiva personal?
Sí, como escuchaste. No hablo de una junta corporativa llena de abogados y ejecutivos. Hablo de un grupo reducido de personas —siete como máximo— a las que respetes profundamente, y que no quieras decepcionar jamás. Piensa en ellos como los ancianos sabios de tu tribu: referentes a los que acudes cuando enfrentas dilemas éticos, decisiones que cambian tu vida o momentos en que sientes que puedes perder tu rumbo.
Construir una empresa, liderar un proyecto o simplemente vivir con propósito puede abrumarte hasta hacerte perder de vista lo que realmente importa.
En medio del éxito, las presiones y las oportunidades, es fácil desviarse. Una junta personal te recuerda quién eres, qué valoras y hacia dónde decidiste ir.
A veces su consejo será brutalmente honesto; otras, será la claridad que necesitas para no vender tus principios por un beneficio momentáneo.
Una buena junta personal no es un grupo de amigos aduladores. Son personas que:
- Te dicen la verdad aunque duela.
- Te ayudan a ver más allá de la presión inmediata.
- No temen contradecirte si creen que te alejas de tus valores.
- Hacen preguntas inteligentes, no discursos interminables.
Pueden ser de cualquier sector. Incluso es mejor si no pertenecen a tu industria, para que te saquen de la visión de túnel que da estar rodeado solo de “gente como tú”.
Hazte esta pregunta:
Si mañana dejara mi profesión y me dedicara a algo completamente diferente, ¿seguiría queriendo a esta persona en mi junta?
Si la respuesta es sí, es un buen candidato. El respeto que les tienes debe ser mayor que la cercanía emocional. Y sobre todo, deben encarnar los valores que tú quieres vivir.
La manera en la que debes acudir a ellos es sobretodo en los momentos clave, no por cada decisión diaria. Puedes incluso tener “reuniones imaginarias”: pregúntate qué te diría cada uno si estuvieran frente a ti. Manténlos informados de tu evolución, como si enviaras un informe anual personal. Eso fortalece el vínculo y te obliga a reflexionar sobre tu propio progreso.
Tendrás un pago muy valioso, y no se trata de dinero. El verdadero pago es dar tú también lo que recibes: mentoría, tiempo, guía para otros que están donde tú estuviste. Así, tu junta personal no solo te impulsa a ser mejor empresario o líder, sino mejor ser humano.
La autorrealización no llega por accidente. Formar una junta directiva personal es un paso consciente para alinear tus metas, valores y acciones. Cuando el ruido del mundo te quiera arrastrar, ellos serán el espejo que te recuerda quién eres y en qué crees.
Por eso y por más cosas, crea tu junta directiva personal.